20 de Mayo de 2013

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¿Consejos?

A veces, de los higos a las brevas, alguien tiene la bondad de pedirme consejo sobre ese Mester de Juglaría que es presentar programas de televisión. Yo lo agradezco pero siempre digo lo que Woody Allen: “No me deis consejos; se equivocarme por mi mismo”. En estos casos, todo lo más que llego es a dar sugerencias. Por lo general, cuatro. A saber:

  • La primera: sé tu mismo (a) y no trates de imitar a nadie.
  • La segunda: un minuto de televisión es un regalo de los dioses; no lo malgastes. Puede ser tu minuto de oro.
  • Y la tercera: no seas cicatero (a) con los demás. El triunfo de tus compañeros será también el tuyo.

Y aquí, dichos los tres cuales sugerentes, añado: pero no me hagas mucho caso. Y, luego, me callo.

En este punto siempre hay algún avisado que me recuerda que los no-consejos iban a ser cuatro. Claro, ahí va: haz siempre “pis” antes de empezar un programa. Puede que el avisado me acuse: que vulgaridad ¿no?

Sí: pero recuerda que en televisión, el pis, como diría Azorín, es un primor de lo vulgar.

Jesús Hermida.

 

Muñecas

Como ese anuncio que he visto, el de las muñecas a lo "Barbie", todas iguales ellas, iguales todas sin misericordia alguna para un “viva la diferencia” y clónicas hasta el aburrimiento, también la televisión de ahora parece atacada por el síndrome de la fotocopiadora.

Basta que por alguna pantalla salga un programa de cierto éxito o eficacia para que le nazcan gemelos por todas partes. Debe ser por la ley del menor esfuerzo o una versión moderna del decimonónico español “que inventen otros”.

Reconozco que la originalidad cansa mucho, da dolor de cabeza y suele ser menos rentable que la fotocopia. Y además, eso que dicen los publicitarios: si no vende, no es creativo. Todo por la audiencia. Y también: ya sabemos que el plagio es lícito si va seguido de asesinato. Aunque yo no creo que aquí nadie intente asesinar a nadie. Solo chupar rueda programática y, en el peor de los casos, sobrevivir, que ya es bastante.

Otrosí digo: la gemelitud no debe ser tan mala porque las muñecas fotocopiadas siempre tuvieron mucho éxito. Y de eso se trata.

Jesús Hermida.
   

Basuras

Yo, damas y caballeros, propios o extraños, amigos o desafectos, colegas o simplemente conocidos, estoy dispuesto a admitir el término basura, aplicado a ciertos programas de televisión, si ese mismo término se aplica con el mismo sentido e intención misma, a otros ámbitos y apariciones: desde la política a la economía, los escenarios, las pantallas de cine, lo hablado, lo impreso y, en fin, lo casi todo.

Porque basura, de haberla, la hay en cualquier parte, sálvese quien pueda.Yo, eso sí,  admito que ciertos programas de televisión no dan la talla en esa virtud comunicativa que algunos llaman buen gusto, decencia o educación, que otros consideran un grave deterioro del sentido como servicio público que ha de tener la televisión y que unos pocos, entre los que me encuentro, ven con un cierto desasosiego interior que nos hace mirar hacia otro lado.

Pero, ¿quién soy yo para llamar basura a nada o vestir a nadie de basurero? Y, además, que demonios, ya lo dijo el más grande presentador que yo haya conocido, citando a Shakespeare: “la culpa querido bruto no está en las estrellas sino en nosotros mismos”. O sea: en los que nos sentamos a ver la televisión.

Jesús Hermida

   

Ellas

Un cierto día, a mediados de los años setenta del vigésimo siglo que ya se nos fue, los cimientos impenitentemente masculinos de la televisión norteamericana padecieron una brusca, sísmica sacudida.

Ese día, la cadena “ABC” anunció el contrato ya firmado, sellado y plegado, con la periodista Barbara Walters como presentadora del programa insignia, la bandera corporativa y el mero-mero de la información televisada. O sea: el telediario de la noche. Por el nada módico precio, ni entonces ni ahora, de un millón de dólares anuales.

No sé si sería exagerado decir que Barbara Walters fue la Juana de Arco que rompió la gran muralla feudal que los hombres habían levantado en torno a la televisión pero, al menos, sí se puede afirmar que lo suyo significó un anticipo de lo que, afortunadamente, tenemos ahora: la presencia-más bien omnipresencia diría yo- de la mujer en todos los ámbitos, niveles, escalas y cimas del universo profesional televisivo. Lo mejor, quizá, que a los hombres nos ha pasado.

Decir que ellas son tan buenas como nosotros en el trabajo sería una obviedad bobalicona, pero decir que en ciertos aspectos son mejores que nosotros sería una verdad imponente.

Si lo sabré yo….

Jesús Hermida

   

Aldebarán

Si fuera un programa de televisión ocuparía lo más florido del “prime time”. Si fuese presentador, sería un “crack”. Si presentadora, una diva de las pantallas. Pero es, solo, una estrella. La más brillante en la constelación del toro y figura entre las grandes encendidas luminarias de cuantas podemos ver en la parrilla eléctrica de los cielos; como vemos el foco que nos ilumina en un estudio de televisión.

Su nombre es claro y sonoro como un buen título de programa: Aldebarán. Será por eso, quizá, que los inventores de este curso que se imparte aquí a la par con TRACOR eligieron Aldebarán como su marca registrada. La marca de una ilusión: conseguir que presentar programas sea no solo una grande y digna profesión sino también una obra de arte propia y personal.

El nombre Aldebarán, como tantas otras palabras e imágenes de gran belleza sónica y visual viene del árabe. Significa “ la que sigue…” y es referencia de otras estrellas. Lo que indica un camino. La que sirve de faro, la que nos ayuda a situarnos en la pantalla estelar. Sinceramente: me gustaría que fuese un símbolo de lo que, aquí, hacemos.

Jesús Hermida.

   

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Entrevista a Jesús Hermida

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