Personalmente extraigo siempre la misma lección de unas elecciones. Cuanto mayor amplitud de la política, menos libertad del ciudadano que la sufre. En la democracia, la oposición es parte de la política. El césar puede cambiar de rostro, de modo que a unos guste el que otros vituperan, y viceversa. Los que están del lado del que manda no sienten la irritación que inquieta a quienes disienten. El malestar lo produce la rutina asfixiante de haber aceptado demasiado poder durante demasiado tiempo. Si encima ha sido mal gestionado, mayor es la exasperación. El desenlace electoral resuelve la tensión, porque se necesita aliviarse de esa sobrecarga opresiva que se ha ido acumulando, a veces, como en estas elecciones, sin razón suficiente. Cuando la razón comienza a no ser suficiente acaba con el tiempo trasmutando en sinrazón.
Propongo una receta. Limitar el ámbito de competencia del poder: si fuera más limitado, y humilde, si nos jugáramos menos de lo que nos jugamos, si la política no impregnara tanto la vida cotidiana incluso de quienes dicen que no les interesa o no la entiende, las elecciones no serían tan atosigantes, tan intensas, tan irritantes. Hemos transferido más competencias de las que el gobierno necesita para ejercer con prudencia y mesura su función. Hemos entregado a los políticos parcelas de nuestra libertad o de nuestra dignidad que nunca debieron quedar a merced de su arbitrio.
Hay quien dice que cuanto más política más democracia. Claro, lo piensan mientras ganen los que desean que ganen o porque aspiran a imponer su voluntad a los demás. Pero si son los otros los que vencen, lamentan el campo dejado a la democracia, y sienten que la libertad comienza donde la política termina.
Luis Núñez Ladevéze
Presidente del Consejo Asesor de TRACOR. Profesor emérito CEU.





